Imprescindible: fijarse en la profusa decoración de sus estancias, al más puro estilo rococó.
Capital de la música clásica, Viena cuenta con un valiosísimo legado imperial: palacios, jardines, museos, iglesias y más museos copan una irresistible oferta cultural solo superada por un buen café al estilo vienés y su suculenta tarta de chocolate Sacher. Descubre con nosotros la Viena que no te puedes perder.
Antes de dejarnos llevar por el encanto imperial de su casco antiguo, te invitamos a coger la línea de metro U4, el autobús 10A o el tranvía 10 o 58 hasta el que fuera la residencia de verano de los Habsburgo, una de las primeras cosas que ver en Viena. Está situado a unos 8 kilómetros del centro, e impresiona por sus cuidados jardines y suntuosos salones, de los que no te puedes perder la Gran Galería, el Salón Chino Circular o el Salón del Desayuno, entre otros. Si te quedan ganas después de visitar sus 40 estancias, pásate por el vecino Museo de Carruajes Imperiales.
Imprescindible: fijarse en la profusa decoración de sus estancias, al más puro estilo rococó.
Y de la residencia de verano de la familia imperial, te invitamos ahora a conocer el palacio que albergó a los Habsburgo durante los cerca de seis siglos que estuvieron en la que fuera capital del Imperio austrohúngaro. Uno de los lugares más visitados de Viena, este antiguo castillo comprende en realidad un conjunto arquitectónico que incluye los antiguos aposentos imperiales, varios museos, una capilla y una iglesia, la Biblioteca Nacional Austriaca, la Escuela de Invierno de Equitación y hasta el despacho del presidente de Austria. Nuestra recomendación es que visites los museos de Sissi emperatriz, los de la Platería de la corte y los apartamentos imperiales.
Imprescindible: no perderse las explicaciones de la audioguía que se ofrece en la visita.
De todas las iglesias que tiene Viena, te llamará la atención esta, por su colorido tejado. Se encuentra en la plaza del mismo nombre, y es el centro religioso de toda Austria y sede del arzobispado de Viena. Se puede visitar por dentro, y de hecho te animamos a que descubras su interior, una bella combinación de estilo gótico y barroco, y que sobre todo subas a su perfilada torre con forma de aguja, desde la que además podrás contemplar el llamado Tejado de los azulejos y el centro de Viena. Como dato anecdótico, decirte que fue aquí donde se celebró la boda y el funeral de Mozart.
Imprescindible: hacerte con el Viena Pass si vas a visitar más monumentos, ya que te ahorras bastante.
Considerada una de las óperas con más prestigio del mundo, la Ópera de Viena fue inaugurada en 1869 con una obra de su vecino Mozart. Uno de los imprescindibles que ver en Viena, ocupa un edificio renacentista de la Ringstrasse con un auditorio con capacidad para 2800 personas. Además de poder asistir a alguno de sus espectáculos, existe la opción de sumarse a una de las visitas guiadas en diferentes idiomas, que te llevarán a conocer su interior, incluida su escalinata de mármol, el vestíbulo, el Salón del Té, la Sala de Mármol y el gran escenario. La entrada incluye un museo, aunque no merece tanto la pena.
Imprescindible: si quieres encontrar chollazos de entradas, haz cola y píllate una de las baratas sin asiento.
Si eres de los que, como nosotros, piensas que no hay mejor lugar para conocer una ciudad que su mercado de abastos, estás de suerte. En Viena tienes un mercado callejero de lo más auténtico –además del más antiguo y el más grande de la ciudad– el mercado de Naschmarkt, con más de un kilómetro y medio de extensión y que lleva desde el siglo XVI abierto al público. Además de sus cerca de 120 puestos de comida, encontrarás restaurantes internacionales y locales a muy buen precio. Lo mejor, no obstante, es visitarlo a primera hora de la mañana, y siempre de lunes a viernes, para evitar las aglomeraciones.
Imprescindible: montarse en el tranvía turístico que te va explicando todo con su audioguía.
Otro de los edificios de la época imperial vienesa que no te puedes perder es este conjunto de dos palacios, el Alto y Bajo Belvedere, de estilo barroco y que fuera residencia de verano el príncipe Eugenio de Saboya. Destacan sus jardines de estilo francés de tres niveles con grandes fuentes que comunican los dos palacios, hoy convertidos en museos de arte. Entre las obras más importantes que albergan se encuentra El beso de Gustav Klimt –ubicada en el Alto Belvedere– y del resto de estancias, destacan el salón de Mármol, la Galería de Mármol, el Salón de los Espejos o la Sala de los Grotescos.
Imprescindible: visitar la Orangery, un invernadero que hay justo al lado de la Sala de los Grotescos.
Que no te despiste el nombre. El Museo de Arte Albertina de Viena, ubicado en el corazón de la capital vienesa, es uno de los centros de arte más importantes de Europa, con obras de artistas de la talla de Monet, Renoir, Cezanne, Matisse, Miró y Picasso. En él se respira ambiente imperial, ya que ocupa un antiguo palacio residencial de los Habsburgo, concretamente 20 salas restauradas que desprenden el aire clasicista de la época grande de la ciudad. Su colección incluye pintura desde la modernidad clásica hasta el arte contemporáneo, fotografía, arquitectura y una colección gráfica de un millón de obras, una de las más extensas de todo el mundo.
Imprescindible: admirar su techo voladizo creado en 2003 por el arquitecto Hans Hollein.
Después de tanta visita, seguro que te apetece relajarte y desconectar al aire libre. Para eso, el parque más importante de la ciudad, conocido como Stadtpark es ideal. Dividido por el río Wien, es un espacio verde de unos 65 000 metros cuadrados que lleva sirviendo de lugar de esparcimiento a los vieneses desde 1862. De algo más tarde –1921– es una de sus esculturas más fotografiadas, la del compositor Johann Strauss. Con un estilo predominantemente inglés, es uno de los lugares preferidos por los vieneses cuando hace buen tiempo y en él encontrarás zonas de picnic con mesas para comer y hasta una cervecería.
Imprescindible: buscar el famoso edificio Kursalon, donde se celebran numerosos conciertos y bailes.
Algo más alejado del centro, a orillas del río Danubio, se encuentra el parque de atracciones más antiguo del mundo. Fue inaugurado en 1895 y a día de hoy conserva algunas de las atracciones originales, como su enorme noria de 60 metros de altura, desde la que tendrás una de las mejores vistas de la ciudad. Ubicado en una impresionante zona verde, cuenta también con otras atracciones típicas como una montaña rusa, un tren fantasma y algún tiovivo, además de una variada oferta de restauración. Para llegar a él, lo mejor es coger el metro –líneas U1 y U2– hasta la parada de Praterstern.
Imprescindible: si tienes la Viena Card, que sepas que la entrada al parque es gratis.
Así se llama la avenida más importante de la ciudad, construida sobre los restos de la antigua muralla, y en torno a la cual se concentran los edificios más importantes de la capital austriaca. Su forma es circular y rodea el centro de Viena, separando los barrios del palacio Hofburg y la catedral de San Esteban del resto de la ciudad. Recórrela a pie o en tranvía y maravíllate con tesoros arquitectónicos como la fachada del ayuntamiento, el Palacio de Hofburg, la Bolsa, la Ópera, el Parlamento, la Iglesia Votiva, la Universidad, el Museo de Historia del Arte o el Museo de Historia Natural.
Imprescindible: montarse en el tranvía turístico que te va explicando todo con su audioguía.