Imprescindible: visitar el Museo de Arte Abstracto que se encuentra en una de las Casas del Rey.
Déjate «encantar» por la belleza medieval del casco histórico de Cuenca, dividido en una parte alta con sus Casas Colgadas, y otra baja, marcada por el paso de los ríos Júcar y Huécar. Conoce los emblemáticos rascacielos y maravíllate con la Ciudad Encantada de esta ciudad, Patrimonio de la Humanidad.
Símbolo de la ciudad manchega, su estampa de casas colgadas sobre la hoz del río Huécar es una de las postales imprescindibles que ver en Cuenca. Llamadas así por los balcones de mampostería de madera que sobresalen de su fachada y por estar parte de ellas en voladizo –desafiando la gravedad sobre el río– hoy en día solo se pueden visitar tres de ellas: la Casa de la Sirena, y las Dos Casas del Rey, construidas entre los siglos XIII y XV. La mejor instantánea la obtendrás, como suele suceder, desde la distancia. Concretamente, una de las mejores panorámicas es la que hay desde el Puente de San Pablo («spoiler»).
Imprescindible: visitar el Museo de Arte Abstracto que se encuentra en una de las Casas del Rey.
Ubicados en el Barrio de San Martín, muy cerca de la Plaza Mayor, estos particulares rascacielos medievales son otros de los imperdibles que ver y visitar en Cuenca en dos días. Pueden presumir de ser los edificios de más de diez plantas más longevos que existen, ya que fueron construidos en la Edad media –probablemente entre los siglos XIII y XV– aprovechando el desnivel del desfiladero sobre uno de los dos ríos de Cuenca –el Júcar y el Huécar–. Tienen su entrada por la calle Alfonso VIII, desde la que apenas se ven tres o cuatro pisos. Lo realmente llamativo es, que del lado del río, llegan a acumular hasta diez u once pisos, en una mágica disposición como «descansando» unos sobre otros.
Imprescindible: hacerles una foto desde el Mirador de Ronda, desde los verás en todo su esplendor.
Podríamos decir que el puente de San Pablo comparte gustosamente protagonismo con las Casas Colgadas de Cuenca como iconos de la ciudad manchega y uno de sus atractivos más fotografiados. Y es que no hay postal en la que no aparezca su imagen. Al parecer, el puente original del siglo XVI era de piedra y fue construido para enlazar la ciudad con el convento homónimo, hoy convertido en Parador de Cuenca. El que vemos, no obstante, es obra del siglo XX y fue diseñado en hierro y madera, en un intento porque corriese mejor suerte que su predecesor, que acabó derrumbándose.
Imprescindible: situarse en mitad del puente para ver a un lado el parador, a otro las casas colgadas y abajo, el río.
Y hablando de ríos, –porque son dos los que pasan por Cuenca, ya lo sabes–, otra de las cosas que ver en Cuenca cuando vengas es precisamente los sendos paseos que recorren sus riberas. Empezamos por el que acompaña el cauce del Júcar: un paseo agradable y fresquito sobre todo en verano, rodeado de árboles y con el sonido del río de fondo. Enlaza además con el de su afluente, el Huécar. En él encontrarás la oficina de turismo, hito importante de cara a planificar tu visita. Seguro que allí te recomiendan no perderte el Convento de las Bernardas, del siglo XVI, y el teatro-auditorio de Cuenca.
Imprescindible: no perderse los restos del castillo y la muralla del Paseo de Huécar.
Ya sea porque llegas en coche y aparcas en el estacionamiento gratuito del barrio del Castillo o porque llegas a él dando un paseo por la vera del río, seguro que te gustará toparte –y cruzar– una de las antiguas puertas de entrada a la que fuera ciudad medieval. Recibe el nombre de Arco de Bezudo y data del siglo XI, aunque fue posteriormente restaurado diez siglos después. Lo atractivo aquí es que puedes subir a él y desde ahí tienes unas bonitas vistas sobre los dos ríos. De la fortaleza apenas quedan unas ruinas y algunos lienzos con una reconstrucción de lo que fuera la muralla.
Imprescindible: fijarse en las torres que presidían la antigua muralla y que aún se mantienen parcialmente en pie.
Para torre significativa en la ciudad de Cuenca, la torre de Mangana, situada en la plaza del mismo nombre. La reconocerás por su enorme reloj, así como por sus elementos mudéjares y otros propios de las torres italianas. Pasar por esta plaza es como viajar en el tiempo; lo que en su día fue una alcazaba árabe, pasó luego a ser sinagoga judía y finalmente la iglesia católica de Santa María de Gracia. Su altura es de 28 metros y es posible que allá por el siglo XVI ya sirviera de reloj para los habitantes de la ciudad. Por cierto, «mangana» viene del árabe y significa «máquina».
Imprescindible: visitar también las ruinas adyacentes de la sinagoga y de la iglesia de Santa Mª de Gracia.
Nos quedamos por el casco histórico para visitar otro de los imperdibles de Cuenca: su Plaza Mayor. Comienza tu paseo por la calle de Alfonso VIII –la de los rascacielos– sin perderle la vista a sus características fachadas de colores, y cuando llegues al final, a pocos metros te encontrarás con la plaza más animada de Cuenca, y una de las más bonitas. No obstante, aquí se concentran edificios de imponente belleza como el Ayuntamiento, con su fachada de estilo barroco, las coloridas fachadas de los edificios colindantes, y por supuesto, la catedral de estilo neogótico, más conocida como catedral de Santa María y San Julián.
Imprescindible: quedarse a ver cómo la luz de atardecer baña la fachada de la catedral.
La que fuera la primera iglesia de estilo gótico de Castilla, junto con la de Ávila, la catedral de Cuenca comenzó a construirse pocos años después de la Reconquista, a finales del siglos XII, prolongándose varios siglos. Fue levantada aprovechando una antigua mezquita y llama sobre todo la atención, además de por su espléndida fachada, por su falso triforio, una construcción única en España, de unos 120 metros de longitud, además de por sus vidrieras, el altar mayor –obra de Ventura Rodríguez– y las esculturas y pinturas de sus capillas. La entrada es de pago, pero os podemos asegurar que merece la pena.
Imprescindible: admirar la mini «capilla Sixtina» de su interior, concretamente en la capilla de la Virgen del Sagrario .
Si hay algo por lo que merece la pena patearse el casco antiguo de Cuenca a pesar de las cuestas, eso es por sus miradores. Por ejemplo, una vez vista la catedral, puedes continuar tu recorrido por la ronda de Julián Romero hasta llegar al mirador de Florencio Cañas, desde el que hay unas bonitas vistas del Parador. Igualmente recomendamos coger el coche para disfrutar de las panorámicas desde el mirador del barrio del castillo, el de Ronda, el de la Hoz del Júcar y el mirador del Rey. No se nos ocurre mejor manera de cerrar la visita a Cuenca ciudad que esta, sobre todo teniendo en cuenta su estratégica situación entre las hoces del río Júcar y Huécar.
Imprescindible: ya en la serranía tienes otro de los miradores más destacados de la zona, el del Ventano del Diablo.