En la película Lucía y el sexo, de Julio Médem, Paz Vega llegaba a una isla en cuyas playas unos agujeros excavados en los acantilados transportaban a los protagonistas a otras dimensiones. También había una bicicleta recorriendo la solitaria carretera presidida por un faro, pocas carreteras pero, especialmente, unas playas dignas de tan onírica historia.
Esa isla, Formentera, sigue siendo la más pequeña de las Pitiusas y, a su vez, un paraíso al que el escaso urbanismo y sus limitados accesos han permitido que sus playas quizás luzcan aún más azules; tanto, que muchas veces sentimos que el Caribe no quedaba tan lejos.
Rumbo te acerca a Formentera para poder bañarte en la mejor playa de Europa según TripAdvisor a tan sólo unas escasas horas en ferry.
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Ocupada por los fenicios, romanos y árabes, Formentera fue siempre el patio natural de una isla de Ibiza que no comenzó a enviar habitantes a la misma hasta finales del siglo XVII, quizás por miedo a sucumbir a la locura en un paraíso quizás demasiado solitario.
De ahí que la reciente historia de Formentera se nutra de la existencia de una población establecida entre sus faros sureños y localidades como Es Pujols o, especialmente, Sant Francesc Xavier, el mayor núcleo urbano de la isla.
Este pueblo se ubica entre el punto más dinámico de la isla y junto al Estany Pudent y el des Peix, donde moran los flamencos y sus campos de posidonia se ganaron el título de Reserva de la Biosfera por la Unesco gracias a su encanto natural y a esa pequeña apertura al mar que permite el fondeo de pequeñas embarcaciones.
En Formentera, la posidonia sustituye a los corales y los pinos a la palmeras del Caribe, los únicos matices que delatan a una isla cuyas costas y playas de agua turquesa han llevado a más de un turista a creer estar en una playa de Cuba o Santa Lucía. Si a ello añadimos la influencia hippie de los años 60, sus molinos solitarios o torres de vigilancia, Formentera se convierte en una isla que conseguimos hacer nuestra y cuyas diversas zonas (Saona, Mitjorn o Tramuntana, por ejemplo) se convierten en perfectos lugares donde realizar diversas actividades.
El único acceso a la isla de Formentera puede realizarse en ferry, bien desde la isla de Ibiza o la localidad alicantina de Denia. Una limitación que compensa la limpia atmósfera isleña al mismo tiempo que la ubicación del Port de la Savina nos permite tener total proximidad a algunas de las mejores playas de Formentera.
Antes de adentrarnos en la galería de playas, será bueno saber que, como ocurre en cualquier isla, hay unas que gustarán más que otras, algunas más familiares, unas pocas urbanas (Es Pujols, por ejemplo) y bastantes naturistas, ya que aunque las sombrillas y bikinis estén más que presentes, Formentera permite hacer naturismo en prácticamente cualquiera de sus playas.
Nuestro recorrido comienza en Cala Saona, situada al oeste del puerto de llegada y considerada como una de las mejores playas de Formentera gracias a unas aguas transparentes a lo largo de 140 metros de ensenada. No es la más escondida, pero es totalmente compatible tanto con el turismo familiar como con visitantes que viajen por libre y busquen perderse en este reino azul.
Descendiendo hasta la punta suroeste de la isla nos topamos con el faro de Barbaria, el cual facilita un mirador al final de las cuevas y cuyas sendas fueron recorridas una vez por la Lucía de Médem en bicicleta. Un lugar ideal para contemplar el atardecer, pasatiempo que reservaremos para más adelante.
Prosiguiendo nuestros recorrido por la costa sur nos encontramos con el paraíso naturista del Racó de S’Alga, en el islote de Espalmador, a 200 metros de la isla, y al que se puede acceder en ferry.
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