A principios de los 90 – cuando yo era un adolescente soñador y romántico – me propuse ver La Misión, una película que había ganado algún premio europeo de cine y un Oscar. Robert de Niro, Jeremy Irons y saber que el film estaba situado en la época de la conquista de América, eran para mí avales suficientes.Con la espectacular banda sonora del maestro Ennio Morricone sonando de fondo, se abría el plano y aparecía el paisaje más bello que jamás había contemplado: las cataratas de Iguazú.
En las primeras secuencias, unos indígenas guaraníes ataban a un misionero a una cruz de madera, para después arrojarlo a las aguas rápidas de un río. El pobre hombre - que estaba desmayado cuando lo habían atado - iba recuperando el sentido según sentía los golpes contra las rocas y el agua le salpicaba el rostro. Finalmente, el desafortunado religioso llegaba a la cabecera de un gran salto de agua. En ese momento me prometí que algún día visitaría ese lugar. Y así fue, y aquí comparto con vosotros qué ver y hacer en las Cataratas de Iguazú, espero que os guste. Siempre hay una buena razón para viajar, aquí te detallo alguna más.
Para llegar a esta maravilla de la naturaleza, lo más habitual es coger un vuelo a Buenos Aires y desde allí, otro interno al Aeropuerto Internacional de Puerto Iguazú. Si quieres ahorrar algo de dinero y no temes a los viajes largos por carretera, también puedes tomar uno de los fantásticos autobuses argentinos –cuyas butacones te harán sentir que estás en un cine de lujo – y llegarás a tu destino en unas 17 horas. Si entras por Brasil, debes intentar llegar al Aeropuerto Internacional de Foz do Iguaçu desde cualquiera de las grandes ciudades. Otra opción es coger un autobús desde Porto Alegre a Foz. El trayecto lleva unas 14 ó 15 horas. Como última opción, desde Asunción - capital de Paraguay – puedes viajar en autobús hasta Ciudad del Este. Tan sólo tardarás unas 5 horas. Más información sobre como llegar.
Las cataratas ejercen, prácticamente, de frontera natural entre Paraguay, Brasil y Argentina. Siendo así, podrás elegir alojarte en una ciudad de cada país: Puerto Iguazú, en suelo argentino, Foz do Iguaçu, en el lado brasileño y Ciudad del Este en Paraguay, en cualquiera de ellas podrás encontrar una gran oferta de alojamiento, aquí te indicamos un link a nuestra página de hoteles con precios y disponibilidad. Mi consejo personal es que lo hagáis en Puerto Iguazú. La ciudad argentina está mucho más preparada para el turismo que sus competidoras. Aquí encontrarás alojamiento de todo tipo y para toda clase de bolsillos. Además hay buenos restaurantes, bares y una gran vida nocturna de carácter internacional. Aquí informacioón de Hoteles en Puerto Iguazú. Foz do Iguaçu es mucho más grande y caótica que Puerto Iguazú, aunque nada comparable a Ciudad del Este, un auténtico outlet de productos electrónicos de dudosa calidad y fiabilidad. Aquí información de Hoteles en Foz de Iguaçu.
Aunque hay algún salto de agua que se encuentran en territorio paraguayo, la práctica totalidad de ellos se precipitan por tierras brasileñas y argentinas. La visión que se tiene de las cataratas, desde ambos lados, es totalmente distinta. En el lado brasileño las tendrás frente a ti, mientras que el argentino te permite verlas desde casi todas las perspectivas posibles. Personalmente, pienso que la parte argentina es mucho más completa y bella, recomendando empezar por la brasileña por aquello de dejar lo mejor para el final.
Nada más entrar al lado brasileño me dieron un ticket para subir al bus que recorría el trayecto que me separaba de las pasarelas. Aunque la distancia era corta, no estaba permitido caminar a tu aire. Desde la parte superior del autobús pude ver la frondosa selva de la que salían los graciosos coatíes, pequeños mamíferos de bonita piel que están totalmente acostumbrados al turista.
Una vez llegué a la parada de “Trilha das Cataratas”, me bajé y recorrí todas las pasarelas con tranquilidad. La visión de la Garganta del Diablo me dejó boquiabierto. Era la primera vez que contemplaba el lugar por el que se despeñaba aquel misionero jesuita en la película. El agua brotaba con una fuerza bestial y el estruendo de la caída llegaba hasta donde me encontraba, sin perder apenas volumen. También pude observar la Isla de San Martín y otras muchas cascadas que parecían emerger de la mismísima selva. Estaba impactado. Me quedé deambulando por el lado brasileño durante medio día, aunque con 2 horas puedes tener más que suficiente. Desde esta zona, puedes coger un vehículo que te llevará a través de la selva y te dejará en el río. Aquí esperan grandes lanchas – con capacidad para unas 20 personas – que remontan el río y te acercan al lugar donde rompen los potentes chorros de agua. Yo preferí hacer esta actividad en el lado argentino.
A la mañana siguiente tomé de nuevo el pequeño bus que parte de Puerto Iguazú y entré al lado argentino, mucho más grande que el brasileño y con un gran número de pasarelas. Me quedé todo el día, y no me habría importado pasar una jornada más allí. Tal es la impresión que me causó.
Al rato acabé llegando frente a la isla de San Martín, lugar desde donde tomé la gran lancha con la que vivir la experiencia de acercarme a la Garganta del Diablo y demás grandes saltos que rodean a la isla. La estampa en este lugar es preciosa. En determinados momentos del año, dejan que atraques en la isla y puedas ver el paisaje desde allí. Lamentablemente, en ninguna de las dos ocasiones que fui tuve la suerte de poder hacerlo. Sin embargo, el paseo con la lancha fue una gran experiencia. A pesar de estar cubiertos con chubasqueros, nos mojamos igualmente. La gente gritaba de emoción cuando nos acercábamos a los potentes chorros de agua, pidiendo que fuéramos aún más cerca. Los capitanes de las lanchas eran experimentados y prudentes, y no se dejaron llevar por la presión. Después del subidón de adrenalina, busqué un buen mirador donde comerme el bocadillo que me había traído (hay restaurantes en el parque, pero son realmente caros) y dediqué la tarde a recorrer todo de nuevo. Aunque parezca mentira, cada vez que pasaba por un mirador en el que ya había estado, encontraba algo diferente. Eso es debido a la cantidad de distintos ángulos de observación que hay y los juegos de colores que provoca la luz del sol en cada momento del día.
Sólo me marché cuando vino el guarda a avisarme del cierre de puertas. Me quedé con las ganas de hacer la caminata nocturna, pero eso es algo que sólo se organiza determinados días del mes, los días anteriores y posteriores a la luna llena. Al menos tuve un buen regalo de despedida. Cuando caminaba a solas por las pasarelas, vi a un ser prehistórico moviéndose lentamente entre la vegetación del suelo selvático. Era un armadillo. Jamás había visto uno. Si tuviera una máquina del tiempo, me habría encantado ver todo aquello como se lo encontraron los misioneros jesuitas que llegaron por primera vez a aquellas tierras salvajes. Sé que volveré. Contenido relacionado: Las 10 mejores playas de Brasil y Qué ver en el glaciar Perito Moreno en Argentina.
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