La isla de Madeira surge del Atlántico como un tesoro listo para ser descubierto. Sus paisajes que quitan el habla, su interesante historia, sus coloridas tradiciones y su riquísima gastronomía, convierten la isla en una auténtica maravilla repleta de sorpresas que asombrarán hasta al más viajado de los visitantes. Con mil alternativas y opciones para poder conocerla en cada una de sus facetas, Madeira se trata de un destino que no decepcionará.
Y es precisamente ella la que le da nombre a un archipiélago formado por un total de cinco islas, tres de ellas deshabitadas. Madeira es la principal, la capital, y en ella se concentra la mayor parte de la actividad turística y comercial.
Se llegue por aire (aquí puedes encontrar vuelos a madeira) o por mar, la primera parada al pisar Madeira será su capital: Funchal. Lo que asombrará en un principio de ella será su disposición: sus edificios, calles y parques, desparramados cual lava de un volcán por la ladera de la montaña en la que se sitúa, alcanzan el mar para unirse a él en una comunión sin igual.
Para conocer bien la ciudad no podrá faltar perderse unas horas por su mercado de Lavradores y descubrir la gran variedad de frutas exóticas y pescados que existen en la isla. El barrio antiguo de Funchal, conocido como la Zona Velha, guarda la esencia de la ciudad, con sus galerías de arte y sus murales a cada paso. Además, en su calle principal, la rua Santa María, se encuentran algunos de los restaurantes y bares en los que poder descubrir la rica gastronomía de la isla y, por qué no, su marcha nocturna. La catedral del a Sé bien merece una visita, así como el puerto, repleto de grandes barcos y cruceros en los que cada día llegan a la isla cientos de turistas. Tampoco podremos dejar de deleitarnos con una cata de vino de Madeira en las históricas Adegas de Sao Francisco o con la emoción de escuchar fado en algún local del centro.
Alejándonos tan solo unos kilómetros de Funchal hacia el oeste llegaremos a Càmara de Lobos, un pequeño pueblo de pescadores pintoresco donde los haya. Los coloridos barcos que no hayan salido a faenar o ya estén de vuelta permanecerán atracados en el puerto, donde los pescadores, tras haber regresado de su jornada, probablemente se encuentren jugando alguna partida de cartas mientras beben la tradicional poncha, una mezcla de aguardiente, azúcar y zumo de limón muy típica de la isla.
Un enamorado de Cámara de Lobos fue Winston Churchill, quien pasó todo un año alojado en una pequeña casita del pueblo tras finalizar la II Guerra Mundial. Aquí se dedicó a beber vino de Madeira y a pintar óleos con los paisajes más pintorescos de la isla. Tras visitarla, nosotros mismos podremos entender qué fue aquello que le atrajo tanto de este lugar.
Junto a Cámara de Lobos sale una estrecha carretera que, tras numerosas curvas, nos llevarán hasta el acantilado más alto de toda Europa: Cabo Guirao. Si somos capaces de sobrellevar el vértigo podremos animarnos a caminar sobre la plataforma de cristal que se levanta a nada menos que 589 metros de altura sobre el acantilado. Las vistas nos dejarán sin aliento: el paisaje es de los más espectaculares que se pueden encontrar en la isla.
La naturaleza más impresionante la descubriremos adentrándonos en el interior de la isla. Las carreteras seguirán regalándonos curvas mientras atravesamos valles, montañas y pequeñas aldeas salpicadas por toda la geografía madeirense. Hay que recordar que madeira surgió tras la erupción de un volcán hace millones de años, lo que le regaló un relieve de lo más diverso.
Una de las actividades más comunes y por la que muchos turistas llegan hasta Madeira es el senderismo. Para ello lo más típico es caminar junto a las famosas “levadas”, como se conoce a los canales de riego que distribuyen el agua desde la zona más alta en el interior de Madeira al resto de la isla. Un total de 2 mil kilómetros de levadas regalan al viajero la oportunidad de conectar con la naturaleza más pura.
El 16% de la isla está cubierto por un bosque de laurisilva que desde el año 1999 está considerado Patrimonio de la Humanidad.
No habrá mejor manera de despedirse de la isla que descubriendo su lado más oriental: Punta de San Lorenzo. Allá donde Madeira acaba, un estrecho brazo de roca y escarpados acantilados se estira aún un poco más, como si quisiera alargar su existencia convirtiendo la isla en un lugar infinito. Pero no lo logra, aunque sí que consigue ofrecer una estampa sin igual. Para poder disfrutarla en primera persona, lo mejor es aparcar el coche en el parking habilitado para ello y caminar a lo largo de los 3 kilómetros y medio de sendero que nos adentran en el Atlántico. El eterno combate entre las olas y rocas nos ofrecerán un espectáculo de esos que no se olvidan. De esos que nos vendrán a la mente siempre que oigamos nombrar a la isla Madeira.
Serás el primero en recibir nuestras mejores ofertas, promociones exclusivas y consejos de viaje. Además, te mantendremos informado sobre dónde puedes viajar.